Dra. Ascensión Palomares Ruiz

Catedrática. Presidenta de la Asociación Europea de Liderazgo y Calidad de la Educación. Defensora de los Derechos Humanos.

 

 

Hay una imagen que se repite estos días en miles de hogares: mochilas nuevas, libros, cuadernos, zapatillas, uniformes… y una calculadora sobre la mesa para intentar que la vuelta al colegio no se convierta en un lujo.

Según el análisis de precios de idealo, preparar el regreso a las aulas cuesta este año una media de 505 euros por alumno si se incluyen los libros de texto en papel. Son 80 euros más que en 2022, casi un 19 % de incremento en cuatro años.

Es lógico que las familias estén preocupadas. Pero quizá deberíamos hacernos otra pregunta: ¿cuánto nos está costando, como sociedad, aquello que no aparece en ninguna factura?

¿Cuánto cuesta que un profesor tenga que atender a demasiados alumnos? ¿Que un niño sea víctima de acoso y tarde demasiado en encontrar ayuda? ¿Que nuestros adolescentes aprendan antes a utilizar una pantalla que a gestionar una frustración? ¿O que una inteligencia artificial pueda responder por ellos antes de que hayan aprendido a preguntarse si la respuesta es cierta?

El proyecto de ley aprobado por el Gobierno plantea pasar de 25 a 22 alumnos como máximo en Primaria y de 30 a 25 en ESO. Sin embargo, la aplicación será progresiva y comenzará en Infantil y Primaria en el curso 2027-2028.

Detrás de cada número hay un niño o una niña con una necesidad diferente, una dificultad, una historia y una emoción. Educar no es llenar una clase de alumnos; es conseguir que cada estudiante sienta que alguien le ve, le escucha y le conoce. Y para eso hacen falta tiempo, recursos y especialistas.

También llega a las aulas la inteligencia artificial. No podemos convertirla en el nuevo enemigo de la educación. Puede ser una herramienta extraordinaria para aprender. Pero existe un peligro que deberíamos tomarnos muy en serio: que nuestros hijos e hijas aprendan a obtener respuestas sin aprender a hacerse preguntas.

Un estudio de la Escola Pia de Catalunya y la Universitat Oberta de Catalunya, con 3.700 estudiantes, señala que solo el 10 % afirma verificar siempre la información que recibe de la inteligencia artificial generativa.

El futuro no necesitará solamente jóvenes que sepan utilizar la IA. Necesitará personas capaces de decir: «No estoy seguro. Voy a comprobarlo». Necesitará pensamiento crítico, criterio y capacidad para distinguir información de manipulación, opinión de hecho y argumento de mentira.

Junto a la inteligencia artificial está otro desafío cotidiano: el teléfono móvil. Ya sabemos que prohibir no basta, como tampoco basta con permitirlo todo. Necesitamos educación digital, acompañamiento y límites claros. Una pantalla puede ser una herramienta, pero nunca debería convertirse en el lugar donde nuestros hijos viven.

Y necesitamos hablar de violencia, de acoso y de ciberacoso. De insultos que se convierten en costumbre, de humillaciones que se graban y se comparten, de niños y niñas que dejan de querer ir al colegio porque ya no se sienten seguros.

No podemos acostumbrarnos a reaccionar cuando el daño ya está hecho. Un protocolo, una reunión o una sanción pueden ser necesarios, pero ningún protocolo sustituye a un adulto que sabe mirar a un niño y preguntarle: «¿Qué te pasa? Estoy contigo».

La violencia no empieza siempre con un golpe. A veces comienza con una burla, un aislamiento o una palabra que se repite hasta convencer a quien la recibe de que quizá realmente no vale nada.

Hablar de convivencia no es hablar de algo secundario. Es hablar de educación.

Estamos enseñando muchas cosas, pero deberíamos preguntarnos si estamos enseñando suficientemente bien las que nos hacen humanos: empatía, tolerancia, solidaridad, respeto, esfuerzo, capacidad para escuchar, para perder, para esperar, para pedir perdón y para aceptar que el otro puede pensar diferente sin convertirse en nuestro enemigo.

La escuela tiene una responsabilidad enorme: preparar para la vida. Y preparar para la vida significa enseñar que no todo se consigue inmediatamente, que el esfuerzo importa, que la frustración forma parte del aprendizaje y que pedir ayuda no es fracasar.

Este curso comienza con muchos niños y niñas con realidades que no podemos ignorar. Pienso especialmente en los menores de Ceuta, atrapados en una situación extraordinariamente difícil, que tienen derecho a empezar septiembre con una mochila, un aula, un docente y la certeza de que hay adultos dispuestos a protegerlos.

Y pienso también en tantos niños y niñas de Granada y de muchos otros lugares que comienzan el curso llevando dentro cargas que no caben en ninguna mochila: conflictos familiares, soledad, dificultades económicas, miedo, acoso o simplemente la sensación de no encajar.

Cuando hablemos de la vuelta al cole, no deberíamos hablar solamente de cuánto cuesta. Sí, la vuelta al cole es cara. Pero mucho más cara puede salirnos una educación sin recursos para atender a cada menor, que normalice la violencia, sustituya el pensamiento por respuestas automáticas o confunda conexión con compañía y libertad con ausencia de límites.

Nos jugamos mucho más que un curso escolar. Nos jugamos el tipo de adultos que serán nuestros niños y el modelo de sociedad que construiremos: cómo tratarán al que piensa diferente, al que llega de otro país, al que tiene dificultades, al que se equivoca o al que necesita ayuda.

Por eso, este septiembre no deberíamos limitarnos a llenar mochilas de cosas. Deberíamos llenarlas también de pensamiento crítico, curiosidad, esfuerzo, respeto, empatía y esperanza.

Porque quizá ese sea el verdadero reto de este nuevo curso: no solo conseguir que nuestros hijos e hijas sepan más, sino conseguir que, cuando crezcan, sean mejores personas y ayuden a construir una sociedad mejor, sin injusticias ni discriminaciones.

Porque educar no es preparar a los niños y niñas para un mundo que ya existe. Es ayudar a construir el mundo en el que queremos vivir con dignidad.

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LA VUELTA AL COLE: ¿QUÉ ESTAMOS METIENDO EN LA MOCHILA?

| La Opinión |