Dra. Ascensión Palomares Ruiz
Catedrática de Didáctica y Organización Escolar
Presidenta de la Asociación Europea “Liderazgo y Calidad de la Educación”
Llevamos años subrayando que hay cifras que obligan a detenerse. El último informe de la Fundación ANAR y la Fundación Mutua Madrileña revela que el 14,1% de los estudiantes conoce o sufre acoso escolar o ciberbullying, frente al 12,3% del curso anterior (sube 1,8 puntos). El incremento no se detiene.
Lo más preocupante no es solo el aumento. Es cómo está cambiando el acoso. Ya no termina cuando suena el timbre. Viaja en el móvil, entra en los grupos de mensajería, se multiplica en las redes y puede alcanzar a cientos de personas en cuestión de minutos. Nos encontramos ante un nuevo aliado de la violencia: la inteligencia artificial, capaz de fabricar imágenes, voces o situaciones falsas para humillar a un menor. Según los propios estudiantes, la IA ya interviene en una proporción creciente de los casos de ciberacoso.
El bullying se ha modernizado. En consecuencia, nuestra respuesta no puede seguir anclada en el pasado. No necesitamos únicamente más campañas, más mensajes o protocolos. Necesitamos soluciones capaces de llegar antes que el daño.
Como investigadora del tema, propongo —al menos— estas medidas: Un radar de convivencia en cada centro. Una herramienta confidencial y periódica que permita a los alumnos expresar cómo se sienten y detectar señales de aislamiento, miedo o exclusión antes de que aparezca una denuncia formal. No esperar a que el niño diga “me están acosando”; aprender a escuchar cuando todavía solo es capaz de decir “me siento aislado” o “no quiero ir al colegio”.
Disponer de equipos de respuesta rápida frente al ciberacoso. Cuando una agresión digital se produce, cada hora es fundamental. Los centros deben contar con profesionales formados que sepan proteger a la víctima, orientar a la familia, preservar las evidencias y coordinar la respuesta educativa y psicológica. El protocolo no puede ser un documento: tiene que convertirse en una actuación inmediata.
Igualmente, debemos convertir a los propios alumnos en agentes de protección. Enseñarles qué hacer cuando reciben una imagen humillante, cuando alguien está excluido de un grupo o cuando comienza una campaña de insultos. Un espectador que sabe intervenir deja de ser espectador.
Lógicamente y, de forma urgente, debemos educar para la inteligencia artificial. No basta con enseñar a utilizarla. Hay que enseñar a utilizarla sin dañar. Nuestros jóvenes necesitan comprender que fabricar o difundir una imagen falsa para humillar a un compañero o a una compañera no es una travesura tecnológica. Es violencia.
No estamos actuando con la eficacia necesaria. Seguimos interviniendo cuando el sufrimiento ya es visible, cuando las heridas sangran, cuando aparece el absentismo, el aislamiento o la denuncia.
No deberíamos preguntarnos solamente: “¿Tenemos un protocolo contra el acoso?”. Debemos preguntarnos con mayor responsabilidad: “¿Cuánto tardamos en detectar que un niño está sufriendo y cuánto tardamos en protegerlo?”. Esa es la verdadera medida de una escuela segura e inclusiva.
Como investigadora y educadora, sigo creyendo que la prevención es la forma más inteligente de intervenir. Y también que nuestros alumnos pueden —y deben— ser parte de la solución, si les damos herramientas, confianza y responsabilidad.
El acoso escolar está cambiando de rostro. Primero fueron los insultos; Después llegaron las redes. Ahora tenemos la inteligencia artificial. No podemos permitir que la violencia avance más deprisa que nuestra capacidad para proteger. Porque la tecnología puede esperar. La infancia, no.
Reivindicamos una verdadera cultura el cuidado: una educación donde enseñar empatía sea tan prioritario como enseñar matemáticas; donde la salud mental infantil deje de ser secundaria; donde las familias no se sientan solas y donde pedir ayuda no genere vergüenza.
Porque ningún niño o niña debería tener que aprender a sobrevivir al miedo antes que a disfrutar de su infancia.
Y porque cada menor destruido por el acoso no representa solo un fracaso educativo, sino el fracaso moral de toda una sociedad que no supo protegerlo.